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martes, 22 de agosto de 2017

Dios ha muerto


Oscar Castillero MimenzaOscar Castillero MimenzaPsicólogo en Barcelona | Redactor especializado en Psicología Clínica
¿Qué somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿tiene sentido la propia existencia? ¿cómo, dónde y cuándo se originó el universo? Estas y otras preguntas han despertado la curiosidad del ser humano desde la antigüedad, que ha intentado ofrecer distintos tipos de explicación, como los provenientes de la religión y de la ciencia.
El filósofo Baruch Spinoza, por ejemplo, creó una teoría filosófica que sirvió como uno de los referentes religiosos que más han influido en el pensamiento occidental desde el siglo XVII. En este artículo veremos cómo era el Dios de Spinoza y de qué manera este pensador vivía la espiritualidad.

Lo científico y lo religioso

Ciencia y religión. Ambos conceptos se han visto confrontados continuamente a lo largo de la historia. Uno de los temas en los que más han chocado es en la existencia de Dios o de diferentes dioses que hipotéticamente han creado y regulan la naturaleza y la existencia en general. 
Muchos científicos han considerado que la creencia en una entidad superior supone un modo poco realista de explicar la realidad. Sin embargo ello no implica que los científicos no puedan tener sus propias creencias religiosas. 
Algunas grandes figuras de la historia han mantenido incluso la existencia de Dios, pero no como un ente personal que existe y al margen del mundo. Es el caso del reconocido filósofo Baruch de Spinoza y su concepción de Dios, que posteriormente han sido seguidos por reconocidos científicos como Albert Einstein.

El Dios de Spinoza

Baruch de Spinoza nació en Ámsterdam en 1632, y ha sido considerado como uno de los tres mayores filósofos racionalistas del siglo XVII. Sus reflexiones supusieron una profunda crítica a la visión clásica y ortodoxa de la religión, cosa que terminó por generar su excomunión por parte de su comunidad y su destierro, así como la prohibición y censura de sus escritos. 
Su visión del mundo y de la fe se aproxima en gran medida al panteísmo, es decir, la idea de que lo sagrado es toda la naturaleza en sí.

La realidad según este pensador

Las ideas defendidas por Spinoza se basaban en la idea de que la realidad está formada por una única sustancia, al contrario que René Descartes, que defendía la existencia de la res cogitans y la res extensa. Y dicha sustancia no es otra cosa que Dios, entidad infinita y con múltiples propiedades y dimensiones de las cuales solo podemos conocer una parte. 
De este modo, pensamiento y materia son sólo dimensiones expresadas de dicha sustancia o modos, y todo aquello que nos rodea, incluso nosotros mismos, son partes que conforman lo divino de igual forma. Spinoza creía que el alma no es algo exclusivo de la mente humana, sino que lo impregna todo: piedras, árboles, paisajes, etc.

Spinoza y su concepto de divinidad

Dios es conceptualizado no como ente personal y personificado que dirige la existencia externamente a ella, sino como el conjunto de todo lo existente, que se expresa tanto en la extensión como en el pensamiento. Dicho de otro modo, se considera que Dios es la propia realidad, que se expresa a través de la naturaleza. Ésta sería una de las formas particulares en que Dios se expresa.
El Dios de Spinoza no daría una finalidad al mundo, sino que éste es una parte de él. Se le considera naturaleza naturante, es decir, lo que es y da origen a diferentes modos o naturalezas naturadas, tales como el pensamiento o la materia. En síntesis, para Spinoza Dios es todo y fuera de él no existe nada.

El hombre y la moral

Este pensamiento lleva a este pensador a decir que Dios no necesita ser adorado ni establece un sistema moral, siendo este un producto del hombre. No existen actos ni malos ni buenos de por sí, siendo estos conceptos meras elaboraciones.
La concepción de Spinoza del hombre es determinista: no considera la existencia de libre albedrío como tal, al ser todo parte de una misma sustancia y no existir nada fuera de ella. Así, para él la libertad está basada en la razón y el entendimiento de la realidad. 
Spinoza también consideraba que no existe un dualismo mente-cuerpo, sino que se trataba de un mismo elemento indivisible. Tampoco consideraba la idea de la trascendencia en que alma y cuerpo se separan, siendo importante lo vivido en vida.

Einstein y sus creencias

Las creencias de Spinoza le valieron la desaprobación de su pueblo, la excomunión y la censura. Sin embargo, sus ideas y obras permanecieron y fueron aceptadas y apreciadas por una gran cantidad de personas a lo largo de la historia. Una de ellas fue uno de los científicos más valorados de todos los tiempos, Albert Einstein.
El padre de la teoría de la relatividad tuvo intereses religiosos en la infancia, si bien luego dichos intereses se modificarían a lo largo de su vida. A pesar del aparente conflicto entre ciencia y fe, en algunas entrevistas Einstein manifestaría su dificultad para contestar a la pregunta de si creía en la existencia de Dios. Si bien no compartía la idea de un Dios personal, manifestó que consideraba que la mente humana no es capaz de comprender la totalidad del universo ni cómo se organiza, a pesar de ser capaz de percibir la existencia de cierto orden y armonía.
A pesar de que ha menudo se le clasificó como ateo convencido, la espiritualidad de Albert Einstein estaba más cerca de un agnosticismo panteísta. De hecho, criticaría los fanatismos tanto por parte de creyentes como de ateos. El ganador del premio Nobel de Física también reflejaría que su postura y creencias religiosas se aproximaban a las visión de Dios de Spinoza, como algo que no nos dirige y castiga sino que simplemente forma parte de todo y se manifiesta a través de este todo. Para él, las leyes de las naturaleza existían y proporcionaban un cierto orden en el caos, manifestándose en la armonía la divinidad.
Creía asimismo que ciencia y religión no se encuentran necesariamente enfrentadas, puesto que ambas persiguen la búsqueda y entendimiento de la realidad. Además, ambos intentos de explicación del mundo se estimulan mutuamente entre sí.

Gatos, gatitos y gatotes



Simon's cat



miércoles, 16 de agosto de 2017

Maalula, en Siria, donde se sigue hablando el arameo

Malula o Maalula (en arameo, ܡܥܠܘܠܐ, Maʿlūlā; en árabe, معلولا Maʿlūlā, del asirio: ܡܥܠܐ, ma`lā, entrada) es una localidad localizada en la Gobernación de la campiña de Damasco, en Siria. Presenta la peculiaridad de poseer una de las tres últimas poblaciones que hablan arameo como lengua principal.​
Es un pequeño pueblo escarpado en la roca en el que las casas, pintadas de color arena y azul plateado, cuelgan de las escarpadas paredes de un acantilado.
El arameo era la lengua que hablaba Jesús, o Isa, para los musulmanes un gran profeta. Se parece más al árabe que al hebreo.
 
FOTOS DE MAALULA
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martes, 15 de agosto de 2017

La España musulmana -3-


No eran lo mismo los árabes que los bereberes o berberiscos. Los primeros procedían de Arabia y Siria , y también invadieron España. Los segundos eran unas tribus nómadas de pastores que se extendían en el norte de Africa de costa a costa. Eran muy numerosos y guerreros  y en un momento invadieron lo que luego se convirtió en Al-Andalus o Andalucía, pero que llegó casi hasta el mismo norte de la Península.
Durante 30 años después del 711 estuvieron peleando entre sí.
Los bereberes establecidos en España , aunque no estuviesen muy oprimidos, compartían con sus hermanos de Africa el odio hacia los árabes. Eran ellos los verdaderos conquistadores del país, porque Muza y sus secuaces no hacían más que recoger los frutos de la victoria alcanzada por Tarik y sus doce mil berberiscos sobre los godos.

 
En el momento en que desembarcaron en la costa de España, lo único que faltaba hacer era ocupar algunas ciudades , prontas a rendirse. Y, sin embargo, cuando se trató de repartirse el fruto de la conquista, los árabes se habían adjudicado la parte del león, apoderándose de lo mejor del botín , del gobierno del país y de las tierras más fértiles.
Se quedaron con la opulenta Andalucía, relegando a los hombres de Tarik a las otras tierras, más secas y ásperas, como La Mancha, Extremadura (que, en contra de lo que muchos creen, es preciosa y nada desértica). y las montañas del norte y Galicia, llenas de cristianos furiosos y combativos.
La suerte de España estaba tan íntimamente ligada a la de Africa, que los choques en el otro lado del estrecho de Gibraltar (en árabe Djebel-at-Tarik , literalmente El Monte de Tarik) repercutían en España. Además, los berberiscos eran musulmanes, y los árabes aún idólatras, lo que  era  motivo de más odio.
Por cierto, los Beni-Kasim eran una tribu muy rica de las cercanías de Valencia, que aún conserva su nombre.
Por fin, los árabes, excelentes guerreros, terminaron venciendo y sometiendo a los bereberes, quienes se retiraron para siempre a sus tierras de nomadismo y pastoreo, sólo apareciendo en momentos muy puntuales de la historia de Al- Andalus.
 
 
 
Cuando en el año 750 Meruan II, último califa de la dinastía Omeya, murió en Egipto donde había huído a refugiarse, empezó una cruel persecución contra su familia, que los Abbasidas, mandados por Abul-Abbas el  Sanguinario,y usurpadores del trono querían exterminar. A un nieto del califa Hixem le cortaron un pie y una mano, y así mutilado le pasearon en un burro por todos los pueblos de Siria , acompañado de un heraldo  que lo mostraba como una bestia salvaje, gritando:
"¡Este es Aban, el hijo de Moauia , de quien se decía que era el mejor caballero de los Omeyas!"
Este suplicio duró hasta que la muerte le puso final . La princesa Abda, hija de Hixem, por haberse negado a decir dónde ocultaba sus tesoros, fue apuñalada en el acto (y encima le hicieron un favor)
Pero la persecución fue tan violenta que no surtió el efecto apetecido. Muchos Omeyas se libraron ocultándose entre los beduínos.
Dos hermanos, llamados Yahya y Abderrahman (este último nombre empieza en árabe por abd, que quiere decir siervo, y muchos nombres empiezan así, y después uno de los nombres de Dios, "El Compasivo" , Abd-el Karim "el piadoso", y así hasta cien. ) se habían librado de la terrible matanza, y cuando fue proclamada la amnistía del califa abasida, Yahya dijo a su hermano: "-Vamos a esperar. Si todo va bien, siempre podemos unirnos al ejército de los abasidas, pues están cerca, pero no me fío de esa amnistía. Enviaré al campamento a preguntar cómo han sido tratados los nuestros.
Después de la carnicería el mensajero volvió apresuradamente y aterrado, pues como sospechaba Abderrahman la amnistía era una trampa. Detrás del mensajero iban los abbasidas, quien sin quererlo les condujo donde estaban los dos hermanos. Yahya fue inmediatamente degollado, pero Abderrahman estaba de caza y eso le salvó. Enterado por fieles servidores de la suerte de su hermano, aprovechó la oscuridad de la noche para regresar a su morada  y les dijo a sus dos hermanas que iba a refugiarse en una aldea cercana al rio Eufrates, recomendándoles que se reunieran con él lo antes posible, trayendo a su otro hermano y a su hijo
El joven príncipe llegó a la aldea y enseguida se vió rodeado por sus familiares. No iba a quedarse allí mucho tiempo -les dijo- pues pensaba irse a España. En su refugio, que él pensaba muy seguro, estaba una tarde en su tienda haciendo la siesta a oscuras -pues la luz le molestaba- y entró su hijo Solimán , de 4 años, llorando sin parar.
-Déjame, niño, que no estoy bien. ¿Pero qué te pasa? ¿qué es lo que te ha asustado tanto?
Su padre se levantó y salió fuera, viendo a lo lejos los estandartes negros.
El niño los había visto también, y recordaba que el día en que los había contemplado en la antigua morada de su padre había sido asesinado su tío.
Abderrahman solo tuvo tiempo de coger algunas monedas de oro y despedirse de sus hermanas.
-Me voy-, les dijo. -Y enviadme a mi liberto (que antes era esclavo) Badr , me encontrará en tal sitio. Que me lleve lo indispensable y con la ayuda de Dios conseguiré salvarme.
Los abasidas no encontraron más que a las mujeres y al niño, a quienes no hicieron daño.
Abderrahman , acompañado de su hermano, de trece años, fue a ocultarse cerca del pueblo, lo que no era difícil, pues la comarca estaba llena de bosques.  (continuará)
 

Rio Éufrates, que divide en dos al Irak, antigua Mesopotamis